Saben que somos difernetes

Saben que somos difernetes

A esta altura de la vida, uno se para frente a la ventana de su casa, con el mate y piensa: "Jamás hubiera sacado a Gamba". Uno se queda así, en la búsqueda de una explicación que los otros tampoco tienen. Lo perdió Unión, después de 19 años. Y la tarde cae y uno vuelve a pensar, se transforma en un técnico silencioso porque de los criticones está lleno. Un mate más y por la ventana hay solo un otoño triste, suficiente para decirse asimismo: "Hubiera preferido perder, pero con la pelota en el piso". Después vendrá todo el análisis, pero lo bien que jugamos contra River quedó en eso, en una anécdota que a nadie, jamás, le va a importar. No perdimos por mala suerte, no perdimos por pechofríos, perdimos porque jugamos feo, mal, con una pelota que llegaba a los delanteros por encima de la cintura, a veces, más arriba de los hombros. ¿Qué 9, que no sea del Barcelona o de esos equipos importados, baja una pelota por encima de la cintura con tres defensores en la espalda? 
Frente al otoño y por la ventana a uno le da bronca y se enoja. Para nosotros, el sábado fue una fiesta y lo fue aunque a los 10 minutos de partido ya se notaba que sin cambios verdaderos, de los concretos, todo se podía transformar en una ruleta. Hasta la chiquilinada preadolescente de De Iriondo importa casi nada ahora que pasó el tiempo y con el mate en la mano uno respira profundo para contenerse. 

Da bronca porque fue un primer tiempo y un segundo exactamente igual, con la diferencia en dos goles: más despiste y marca floja de los nuestros, que virtud y pechada gloriosa de los otros. No pasó nada, ni las expulsiones ni la única clara de Unión: un disparo de más de 30 metros, abajo y para el olvido en ese segundo tiempo.

Frente a la ventana, a uno le queda una sola cosa y lo sabe; una que por estos días parece pequeña, pero no lo es. Una que a ellos, a los otros, en el fondo los asusta y los desespera. Es que podrán festejar todo lo que quieran, pero en sus camas, a la noche, cuando se quedan solos sin los amigos y en la oscuridad de sus habitaciones, ellos, los otros, saben que a pesar de que sus rivales históricos jugaron horrible, la hinchada que tanto odian aplaudió a su equipo y alentó.  

Saben que somos diferentes, que en las avenidas calientes se distingue entre las derrotas y el fracaso, aunque lo disimulen en sus ahora festejos con olor a naftalina. También saben –y uno que mira por la ventana sabe que lo saben– que a ellos no les pasa, que en el silbódromo la cosa es distinta y por eso, frente a la ventana y con el mate en la mano, en el medio del dolor anacrónico y la amargura pasajera, uno sonríe a la espera de una revancha; esa misma que el fútbol, a los que alientan, siempre les da.

 

Pablo Felizia - Filial 29 de julio - Unión de Santa Fe - Paraná/Entre Ríos